CASUALIDAD, DESTINO O GANAS

G. Gómez Carmen.

«No hay ni una sola historia de amor real que tenga un final feliz. Si es amor, no tendrá final y si lo tiene, no será feliz.» (J. Sabina)

Casualidad, destino o ganas. Llámalo como prefieras, es lo menos importante, lo realmente importante es sentirlo.

Hola, tú no me conoces, pero yo a ti sí. Mi nombre es Julia, fui madre soltera a los veintinueve años. Ian, el amor de mi vida, mi pequeño… no tiene a nadie, solo a mí. Así que voy a contarte de qué te conozco yo a ti.

¿Recuerdas aquella vez cuando eras pequeña y jugabas con los amigos del barrio en la calle y… la liaban buena sin querer? ¿No lo recuerdas? Yo sí. No solía ser yo quien hacía la fechoría pero, por el el hecho de estar allí o simplemente pasar en ese momento, ya era declarada culpable.

Los padres del barrio pronto recibían la visita rápida de la vecina irritada. Algunos de ellos, cuando llegaban sus hijos, se reían, porque tampoco pensaban que fuera para tanto el berrinche de la vecina; otros agrandaban todavía más la situación, el castigo que sus hijos recibían era estar sin salir en casa durante una semana. Pero con lo que me quedé para siempre fue con el otro tipo de padres: llegaban incluso a quitarse la correa para pegar a sus hijos. Esa imagen sigue rondando en mi cabeza. No dolía el cuero en mi trasero, dolía la cara de odio con la que descargaba su ira.

En mi caso, cuando yo vivía en la casa de mis malos recuerdos, era mi madre. La zapatilla era lo primero que recibía al abrir la puerta de casa para entrar, no entendía qué sucedía. Siempre me pillaba desprevenida. Podía salir de clase más contenta o menos, pero nunca sabía lo que iba a encontrar en mi casa ese día. Los gestos de mi madre mientras gritaba porque al llegar de trabajar había un vaso por fregar en la pila de la cocina, la furia con la que me hablaba, el por qué, el cuándo y el cómo, vivir en esa incertidumbre constante…Cuando yo me fui lo dejé todo limpio y recogido. Me aseguré de que el trapo de las manos estuviera limpio, ordené como ella quiere los cacharros de madera y silicona, pasé el trapo dos veces por la encimera de la cocina y todas las puertas… ¿Un vaso? ¡Yo no sabía de quién era ese vaso! Volvía directa de la escuela, tenía prohibido retrasarme más de dos minutos y, juro que, cuando me fui, la cocina la dejé perfecta.

Tenía doce años por aquel entonces, la mediana de tres hermanos; Oscar, el mayor, tenía una personalidad muy parecida a mi madre, de hecho, yo diría que era el favorito de los tres hijos. Oscar miraba a todo el mundo por encima del hombro y sonrisa falsa, como mi madre. Se sentía intocable e invencible y era el consentido de la casa. Todo lo que hacía y decía estaba bien hecho, a nadie del vecindario le caía bien, pero para mi madre… era el chico perfecto. A veces, él y mi madre conseguían tirarme al suelo y empezaban a darme patadas. Cuando mi padre llegaba y me veía magullaba preguntaba:

-¿Qué ha hecho ahora?

Y mi madre se sacaba de la manga algo que yo hice y era terrible. Merecía la paliza, no había duda, y no sé cómo lograba a convencer a mi padre. Mi padre era el único de la casa con quien yo podía hablar, decirle lo que me hacían mi madre y mi hermano mayor, pero mi padre decidía no meterse. Si me defendía, mi madre le ofrecía veinte mil argumentos para enfadarse también con él. Prefería escuchar y callar, obedecer y sucumbir. De vez en cuando me regalaba un beso a escondidas o un abrazo, pero si mi madre entraba en el comedor, se apartaba al otro lado del sofá para que ella no notara nada. En un principio pensé que lo hacía por él, para salvarse, pero luego entendí que lo hacía por mí también. Cuanto menos viera mi madre de nosotros dos juntos, menos argumentos tendría para atacarnos e intentar ponernos en contra.

Mi hermano Samuel era el pequeño, el que iba después de mí. Él optó por aprovechar la situación e ir a la suya. Siempre callado, encerrado en la habitación o con los amigos por la calle, cualquier cosa menos estar delante de mis padres. Mientras no dijera ni escuchara nada, todo le iba a ir genial, así que optó por actuar con la misma actitud que mi padre ante mi madre: pasiva, ausente y esquiva.

No sé si tuve infancia o adolescencia, realmente no sé qué etapa es cada una. Desde que tengo uso de razón y hasta la fecha, jamás hice otra cosa que no fuera atender a las necesidades de mi madre. De pequeña, solía ponerme una silla al lado de la pila, me subía de pie en ella y me enseñaba cómo debía usar el estropajo y el jabón. Era un estropajo terrible, me destrozaba las yemas de los dedos, a veces me escocían. En el colegio, cuando me preguntaban qué me pasaba en las manos decía que no lo sabía, posiblemente fuera una alrgia. Y, la verdad, es que no lo sabía yo creía que esas «obligaciones» las teníamos todos los niños. Según mi madre, ir por la calle a jugar o verte con tus amigas era de «golfas». Por ello, mis hermanos podían tener libertades y yo debía tener las obligaciones. Era la única chica, me tocaba a mí ayudar en casa según mis padres.

Pero yo creía que eso éramos todas, es decir, todas las hijas de mi entorno y, mis amigas no eran igual. Ellas sí podían salir, incluso cuando yo decía que debía atender mis obligaciones y tenía que marcharme, no lo entendían. Pero, ¿cómo les digo yo a mis amigas, las únicas que me hacen reír de camino del colegio a casa, que estar en la calle a esas horas es de golfas? Yo no las veía una golfas, las veía llenas de vida y ¿cómo le decía yo a mi madre? Ella no lo entendía. Si alguna vez mis amigas han venido a buscarme para salir, desde arriba de la escalera debía decirles que no podía. Si alguna de ellas, en esas visitas, insistía, entonces mi madre, estaba escondida a mi lado, salía y cortaba la conversación en seco. Mi amiga se iba, se cerraba la puerta y yo… me quedaba escuchando su regañina por permitir que mis amigas me insistieran en salir con ella un rato, aunque fuera un cuarto de hora para contarme algo que les había pasado importante para ellas.

En una ocasión, mi madre tenía el taller de costura en el garaje y, delante de sus empleadas (mi tía, su amiga íntima y la única señora ajena a la familia) dijo que, cuando cerrara el taller, quería hablar conmigo. Me esperé en la otra parte de la puerta para escuchar el por qué tenía que hablar conmigo. No sabía qué iba a pasar en ese hoy de mi día a día y estaba asustada. Sé que no está bien escuchar detrás de la puerta, pero el pánico me hizo armarme de valor para hacerlo, porque si me pillaban escuchando… la paliza iba a ser tremenda.

Escuché decirles que yo me estaba convirtiendo en una golfa, como si estuviera en celo o algo, porque cada vez quería salir más a la calle y se había enterado que íbamos chicos y chicas en la misma pandilla. Otra voz intentaba restarle importancia diciéndole que era lo normal a mi edad, que no pasaba nada,, que lo hacían todos los chicos y chicas de mi edad; juntarse y hacer cuadrilla y que estaba en la adolescencia, según ella. Mi madre aportaba argumentos, por supuesto falsos, y los contaba con una claridad que a mí me asustaban: que si le habían dicho que yo iba besándome con uno, que si me habían visto bebiendo en la puerta de tal pub, que si… Y entonces dse escucharon a las otras voces apoyándola y dándole toda la razón.

O sea, asumí que iba a recibir una paliza por algo que no había hecho y no se me hubiera ocurrido hacer jamás. No lo entendía. No entendía nada y, a día de hoy, sigo sin entenderlo. Quizá, mi madre quería dárselas de buena educadora y todo aquel teatro la convertía en una gran madre. Creo que hasta se lo creía ella misma. Pienso que vivía esa historia como si fuera la única verdad porque jamás me dio la oportunidad de desmentirlo u ofrecer mi argumento de lo hecho. Yo no me besaría con nadie por la calle y, desde luego, no tengo tiempo de estar bebiendo en la puerta de un pub alcohol, cuando estoy obligada a entrar en casa a las nueve y los pubs los abrían sobre esas horas, en adelante. Pero a los demás los convencía y a ella eso le bastaba.

Aquella tarde, cuando mi madre terminó su jornada y se quedó a solas, me llamó por el patio para hacerme saber que ya podía bajar al taller. Recuerdo el ruido de la persiana al bajar estando yo allí dentro. Comenzó a gritar pidiéndome explicaciones de por qué quería estar en la calle en vez de estar en casa atendiendo a las obligaciones. Siguió diciéndome que ella se mataba a trabajar para que yo tuviera una buena educación y no fuera una pelele como mis amigas. Sigui´´o con más argumentos y mi hermano Oscar entró:

-¿Qué ocurre con ésta ahora?- Y ella le respondió contándole lo mismo que les contaba a sus compañeras de trabajo. Mi hermano, enfadado, comenzó a insultarme y él y mi madre consiguieron echarme al suelo y seguir con sus puñetazos y patadas. Yo me tapaba la cara con los brazos, no quería que nadie me lo viera en el colegio, no quería que me hicieran preguntas. Solo quería que aquel momento terminara lo antes posible y poder encerrarme en mi cuarto hasta la hora de cenar que me tocaba otra dosis, esta vez delante de mi padre y mi otro hermano. La historia era creíble, cuanta más gente lo supiera mejor para mi madre, podía atacarme siempre que lo necesitara, se aseguraba estar respaldada. Yo, poco a poco, fui adquiriendo la fama como ella me dejaba ante los demás.

¿Todavía no sabes quién soy? Seguro que algo te suena, te voy a dar otra pista.

Cuando salía a la calle, mi grupo de amigas lo formaban mi prima, que iba con mucho cuidado con mi madre, no porque ella fuera a hacerle algo, sino porque mi madre la metía en jaleos. Mi madre contaba que su sobrina le dijo esto o aquello de su hija, su propia prima, cuando mi prima ni siquiera tenía esa capacidad de mentir.Mi prima era la persona más feliz del mundo, lo tenía todo: ropa de marca, tiempo para salir, unos padres que la apoyaban… Su madre es la tía que trabajaba con mi madre y no llegó a entender cómo yo era de la manera que la mía contaba, con lo buena que era su hija. A mi prima no le gustaban esos corrillos y, cuando mi tía le preguntaba a ella, contestaba que nada de eso era cierto y que no entendía por qué, su tía (mi madre), decía que lo había dicho ella. Mi prima intentaba esquivarla hasta en las comidas familiares, pero nunca pudo hacer nada, los demás pensaban, ante su negación de lo que se supone dijo, que me estaba tapando.

La otra chica con la que yo hice mucha amistad era una amiga de la infancia. Siempre juntas, desde primero, siempre amigas. Pero ella empezó a cambiar, al igual que mi prima, cuando llegaban a casa se quitaban el uniforme del colegio, cogían el bocata que les había preparado su madre y salían antes de la hora de la cena con el resto de amigas. Yo no podía encajar ahí, ellas crecían y se iban haciendo mayores, en cambio yo, seguía las mismas pautas de siempre. Empezaron a salir sin mí y mi tía se dio cuenta a los pocos meses. Un día, después del colegio, estaba trabajando con mi madre en su taller, así me lo exigió. Me dijo que a ella no la dejaba en evidencia nadie y debía dar ejemplo delante de sus compañeras de que yo era la chica bien en la que mi madre dijo que iba a convertirme.

Mi tía le preguntó a su hermana delante de las otras dos empleadas, como un comentario normal, el por qué estaba yo allí en vez de salir, como su hija y sus amigas… a lo que mi madre respondió, también delante de todas y con una pasividad increíble, que yo estaba castigada y cuando hiciera las cosas bien, entonces, saldría con su hija y sus amigas. Yo no levantaba la cabeza, la vergüenza me congelaba, solo quería que terminara aquel momento y se olvidaran de esos comentarios. Me dolía no salir, no estar con mis amigas, evadirme y escaparme un poco de todo aquello peo, solo quería que aquel momento terminara. Solo quería que llegara la noche y poder irme a dormir. Era horrible verlas a todas hacia mí, dándome consejos de buen y correcto comportamiento y diciéndome que debía sentar la cabeza.

Seguía sin entender nada y cada vez me sentía más confusa. Mi otra amiga (su padre conocía a los míos y habían hecho muy buenas migas, por ello mi madre me permitía ver a esta chica) comenzó a indagar en mí: «no es normal lo que te están haciendo», me decía una y otra vez. Un día decidí contarle todo lo que yo vivía en mi casa, porque nunca nadie me preguntó, solo ella, y yo necesitaba saber y que supieran. Se ofendió muchísimo, como si fuera ella la herida y me propuso cambiar las tácticas. Dijo que iba a venir a por mí dos días a la semana para ir a la biblioteca. Le gustaba mucho leer y su así se lo dijo al mío. Entonces, mi adre, para que viera que su propia hija también era culta, accedió a que viniera a por mí los martes. Dos días no, porque yo tenía muchas obligaciones y debía atender a todas, pero al menos accedió a uno.

Mi amiga venía a buscarme cuando salía de sus clases de música para ir a la biblio. Entrábamos en la biblioteca, elegíamos un libro y luego íbamos a la «placeta» de detrás para vernos con la pandilla. Teóricamente, íbamos a permanecer en la biblioteca una hora, pero la pasábamos en compañía. Mi madre se lo estuvo creyendo durante mucho tiempo, hasta que conocí a Juan.

Llevaba tiempo saliendo con él a espaldas de todo el mundo, menos para mi amiga de la biblioteca que fue quien nos presentó. Juan vivía en mi propio barrio, lo había visto muchísimas veces, era un chico realmente guapo. Moreno, atractivo, siempre sonriente y muy abierto y simpático, pero jamás me atreví a hablarle. Cuando se lo comenté a mi amiga, me dijo que podía presentármelo, ella lo conocía y, de hecho, eran bastante amigos. En un principio me daba una vergüenza terrible, ¿y si yo no le gustaba a él? Pero mi amiga me aseguró que eso no era probable, seguro nos íbamos a gustar porque él también se había fijado en mí y ella lo sabía. Después de aquel día, estuvimos viéndonos, primero con el resto de amigos en la placeta detrás de la biblioteca los martes y luego a solas. Poco a poco empezamos a vernos todos los días. Él sabía que a mí no se me permitía salir, así que me esperaba en la puerta del colegio para acompañarme a casa. Mi prima y el resto de amigas empezaron a saber de lo nuestro y, a parte de apoyarme, no le dijeron nada a mi madre.

La familia de Juan estaba encantada conmigo, me hacían sentir muy a gusto con ellos. Decidimos dar el siguiente paso al cabo de un año y medio y presentar a Juan formalmente en mi casa. Al principio, mi madre no aceptaba aquella relación, decía que Juan y su familia no eran suficiente para mí, no estaban a la altura. Pero poco a poco, y pese a sus intentos de sabotear mi relación y las palizas para ello, no le quedó más remedio que aceptarlo. A los cinco años de relación pusimos fecha de boda. Debíamos hacer las cosas bien, según mi madre.

Compramos un piso a medias, a nombre de los dos, lo amueblamos y llenamos de cachivaches para que no faltara de nada. Todo al último grito en moda y de lo bueno lo mejor. Así mi madre podía enseñar el piso a todas sus amistades y familiares enorgullecida de lo mucho que había puesto y hecho ella en él. A Juan eso le molestaba mucho, decía que ella daba a entender que todo lo había hecho y pagado ella para su hija, como si él y su familia no hubieran aportado nada. Eso empezó a abrir una brecha entre nosotros. Como por primera en toda mi vida mi madre se sentía orgullosa de mí, o al menos eso me parecía, le dije que la tuviera en cuenta. Él y yo sabíamos que no era así, pero él y su familia se sintieron desplazados y menospreciados por mi madre y su forma de actuar. Juan trabajaba desde sus catorce años, era el único chico de tres hermanas y el ojito derecho de todas ellas y de sus padres. Cuando decidió casarse, sus padres, familia entera y hermanas se volcaron por completo en ayudarnos y no veían justa la manera en que mi madre los trataba y trataba aquella situación.

Después de la boda, a los dos meses de casados, las cosas no iban bien. Juan me dijo que aquella situación no podía soportarla. Mi madre venía a casa casi todos los días para ver que todo estaba en su sitio: ordenado, limpio y perfecto. Yo me obsesioné con tenerlo todo perfecto. La vida que ella me había enseñado era la que debía seguir y, por supuesto, ella seguía siendo la protagonista de mi vida. Si alguna vez venía a casa y estaba la familia de mi marido de visita, cuando se iban y nos dejaban a solas, me hacía saber que aquello no era lo correcto, que debía zanjarlo. Nuestra casa, nuestro esfuerzo, nuestra vida, estaba en manos y en boca de mi madre. Yo pensé que al casarme y al salir de aquella casa todo sería diferente, pero me equivoqué. Todo seguía igual, yo trabajaba para ella en su taller, hablaba con ella todos los días o, mejor dicho, ella hablaba conmigo todos los días. Como siempre, y sin darme cuenta, yo la seguía obedeciendo. Me había creído y asumido que mi madre siempre tuvo y seguía teniendo razón en todo. Siempre me decía que todo lo que había hecho conmigo era por mi bien y que ahora podía darme cuenta en la mujer que ella me había convertido. La creí, la creí a ciegas como todo el la creía.

Dos meses después Juan me dijo que no podía seguir así. Mi obsesión por la perfección y el entorno de mi familia que le miraban por encima del hombro, como con superioridad, no le gustaba ni se sentía cómodo.Él quería una vida más transparente, más familiar, mas unidad entre todos y menos competitividad. Yo no le entendía, no sabía qué era eso. Al fin y al cabo, la casa estaba perfecta, no podía tener queja de la mujer que la habitaba con él, no le faltaba de nada. Todos los días limpiaba toda la casa, tenía la comida en la mesa a su hora y trabajaba, la ropa siempre a punto y todo perfecto. Si mi madre venía a menudo era para controlar que yo hiciera bien las cosas, debía seguir sus instrucciones, Juan no tenía por qué veer mal todo aquello, era por nuestro bien, mi madre quería que también fuera una buena esposa, ¿qué mal había en ello? A mí no me parecía tan bárbaro como Juan me lo pintaba. Pero él venía de otra familia, una familia unida que se querían a rabiar, se respetaban, se apoyaban siempre y contaban los unos con los otros para hacer eventos y poder reunirse. A mí no venía bien aquello, mi madre decía que querían volverme como ellos y, aunque hubiera aceptado a regañadientes que yo me casara con un chico así, no quería que su hija se volviera como ellos, de «bajo standing social», como ella decía.

A los pocos días de firmar mi divorcio me enteré de que estaba embarazada. Había vuelto a casa, teníamos el piso a la venta y nos estábamos repartiendo los bienes. Él volvió con su familia y yo con la mía. A mi madre no le sentó nada bien la noticia del divorcio y se puso muy brava con todos. A mí me hizo callar y sucumbir ante su mandamiento. Me advertía que ya había metido lo suficiente la pata por haberla desobedecido y que ahora debía ser ella quien zanjara aquella situación. Y me lo advirtió -repetía una y otra vez- y aún así quise casarme con «ese». Su rabia la descargó con Juan, con su familia y conmigo. Por las noches convencía a mi padre y a mi hermano para ir al piso a coger lo que ella consideraba suyo. El comedor que compró cómo regalo de bodas, ahora era suyo y hasta las lámparas, cortinas y detalles de decoración se trajo de nuestro piso a su casa. Yo, cada vez que entraba en el comedor, mi mente repetía una y otra vez la bonita historia de amor que podría haber tenido y no tuve por mi culpa. Medio embarazo lo pasaba allí encerrada, llorando.

No quería vivir sin él, no quería volver a aquella casa. Caí en una profunda depresión que me hizo perder al bebé. Después del aborto, a los pocos días, mi madre me obligó de nuevo a hacer las tareas de casa. Decía que ya estaba bien de vivir del cuento y que empezara a poner mi vida y la suya en orden. Hasta la fecha, lo le había dado disgustos y estaba cansada que, con todo lo que ella había hecho por mi, yo se lo pagaba de esa manera. Mi cuerpo y mi mente no reaccionaban, así que decidió llevarme al psiquiatra. Me atiborraron a pastillas: para la ansiedad, para dormir, para (según mi madre) mis ataques de ira, para la tristeza… Para que ella pudiera volver a manejarme como quisiera.

Al tiempo volví a verme con la amiga de la biblioteca. Le supliqué que por favor hablara con Juan, no podía vivir sin él y menos en aquella casa. Ella me dijo que Juan le contó su versión y que no iba a volver conmigo, lo tenía muy claro. Me contó el episodio en el mi madre iba por las noches al piso y que, cuando él iba por la mañana, se encontraba alguna estancia vacía. Eso le hizo perder la esperanza de vuelta en algún momento. Me contó también que cuando él intentaba hablar conmigo por teléfono, para arreglar las cosas o vernos, o decirme que mi madre se estaba pasando, nunca conseguía contactar conmigo. Mi madre era siempre quien contestaba a sus llamadas con la excusa que él ya había hecho bastante por mí. Juan le contó lo mala persona que fue mi madre con él y su familia, lo mal que se portó y seguía portando y que yo, según mi madre, no quería saber nada de él.

Aquel relato me terminó de matar, le dije a mi amiga que no veía salida. Por ningún sitio veía un ápice de luz que me sacara de aquella situación. Mi amiga me ofreció otra táctica, me buscó una casita de alquiler cerca de su casa, ella me ayudaría a salir de aquella depresión, no me iba a dejar a solas. Si te digo que también la fastidié, ¿me creerías?

Mi amiga me presentó a su círculo de amistades, me ofreció a su familia, me aceptó en su vida, yo estaba encantada. Mi madre no solía venir por aquel barrio, no era de su agrado, también me lo decía las pocas veces que venía de visita rápida. Al igual que me dejó claro en que no quería que volviera a su casa, y añadió que «si vivir así era lo que yo quería pues muy bien, pero a su casa no volviera ni a perdirle agua», por que, según ella, eso es lo que me iba a suceder por mi mala cabeza y no hacer bien las cosas.

Al tiempo de vivir en paz, en mi casa de alquiler, sola con mis pensamientos y mis reflexiones y, sinceramente, a gusto, la fastidié. Fui a tomar café a casa de un amiga de mi amiga, me invitó y accedí. Allí llegó la hermana de mi amiga y empezó a poner verde a su propia hermana. La anfitriona de la casa comenzó a creer lo que ella decía y lo peor es que yo también, Entonces hicimos lo que llamo yo un «aquelarre de brujas perversas» y empezamos a decir cosas de mi amiga que no eran sus mejores virtudes, cuando en realidad su mejor virtud fue y es abrirle la mano a los de su alrededor para ayudarles con todo. Las tres que estábamos allí, de una u otra manera, éramos unas afortunadas por tenerla a nuestro lado, a todas nos había ayudado en algo. A las tres nos abrió muchas puertas para poder triunfar. Pero en cambio, en aquel momento, con el primer comentario de su hermana que le tenía unos celos terribles, escupimos de nuestras bocas un veneno que sentenció a mi amiga y la alejó de mí y de la otra chica para siempre. Cuando se enteró que estuvimos hablando de ella mal y a sus espaldas, se sintió traicionada por las tres. A mí y a su otra amiga, dejó de hablarnos y no quiso saber más de nuestros problemas. De su hermana se lo esperaba todo y no le quedaba más remedio que tenerla que tragar. Y a mí, a día de hoy, se me rompe el alma sólo de pensarlo. Perdí al único hombre que había conocido y apostó por mí y a la única amiga de verdad que siempre se enfrentó al despotismo de mi madre, aunque con ello, ella la mirara mal.

Y ahora, ¿ya sabes quién soy? por que yo sí sé quién eres tú.

Eres la vecina de al lado y la de enfrente. La que cuando oía a mi madre gritarme, los golpes y diciéndome barbaridades, no llamaste a la policía. No llamaste a mi puerta para intentar ayudarme. Eres la que callaba y contaba a los suyos en pequeño comité lo que en mi casa sucedía. Eres la persona con la que nunca pude contar porque cada vez que tenías que pasar frente a mi puerta, acelerabas el paso y hacías oídos sordos.

Tú eres ese familiar que no contó conmigo, que jamás me preguntó porque no creyó en mí como persona ni en mi palabra. Eres la persona que sentía en mi casa algo raro pero jamás lo quiso admitir para no «meterse» en lo que no le incumbía. Eres el abrazo y el consuelo que, como única familia, necesit´durante tanto tiempo.

Eres el profesor del colegio que escuchaba a mi madre decir que yo era mala hija y, aunque admitías que en el boletín de notas yo no era de las más bajas de clase y mi comportamiento en ella era excelente, creíste palabra a palabra todo lo que mi madre te hablaba de mí. Eres quien se propuso «darme más caña para que no me torciera.»

Eres la policía del pueblo. Mis padre estaban en una posición y estaban bien mirados por la sociedad e, incluso, por los componentes del Ayuntamiento. Eres a quin no podía acudir porque solo era una mujer que no estaba bien de la cabeza, inflada a antidepresivos y sin coherencia ninguna.

Eres la vecina cotilla de la comunidad a la que mi vida solo fue para ti un chisme, un «algo que contar» a tus amigas en el café de las cinco en el bar de la plaza del barrio donde todos nos conocíamos.

¿Ahora ya sabes de que te conozco? Tú estabas allí, frente a mi lápida, haciendo como que esta historia no iba contigo. Bien, yo te lo agradezco, porque has hecho de mí la mujer soy hoy y, por si quieres conocerme bien te diré cómo es mi vida ahora.

Ahora vivo en otro país. Aquí todo es diferente, la soldad es la mejor compañía que tengo. La soledad y mi hijo de siete años llamado Ian. No le puse el nombre de Juan para no hacerlo demasiado exagerado, pero… yo soy la mujer que le sigue amando aunque él esté casado de nuevas con otra y tenga sus propios hijos.

Al perder a mi bebé me sentí morir. Era lo único que iba a tener de él, lo único que iba a quedar de nuestra relación pero, con el tiempo y con la soledad aprendí a aceptar las circunstancias según vinieran. Me cansé de escuchar y obedecer y a cambio aprendí a callar y a actuar. Acepté la situación de desamparo y me «renové».

-Pon tu vida en orden, prioriza y actúa en consecuencia- y comencé a hacer una lista de todo lo que hubiera querido que hubiera sido.

Lo primero que tenía claro es que no me quería volver a casar ni estar con ningún otro hombre, pero se me quedó la espina de ser madre y darme la oportunidad de ser la madre que yo nunca tuve. Ian fue más que buscado.

Para ti, la socialmente bien llamada «sociedad correcta», soy una chica que no está demasiado bien de la cabeza y que alguien la preñó y ahora mírala… pobrecito el niño, criarse sin padre. Para mí, soy la mujer que quiso ser madre y perdió un hijo que fue muy deseado. Ian es fruto de una fecundación in vitro. De una madre soltera que a día de hoy tiene la suficiente capacidad como para llevar su casa y su hijo adelante.

Para ti, soy la rara que no sale a la calle a estar con unas y otras parloteando (cómo es lo correcto), la que no se relaciona demasiado con nadie, la que «¿quién se cree ésta que es?». Para mí, soy la mujer que no confía en personas como tú. Personas que, lo único que han traído a mi vida, son problemas y eso ahora mismo, es lo último que necesito y de lo primero que me despojé.

Para ti, soy la mujer que debe tener a un hombre a su lado que vele por ella. La que sola no va a poder con todo. La que debería estar como estás tú porque es lo «correcto». Para mía, soy la que tiene too lo que necesita: un techo, un trabajo estable, una independencia y un hijo que nunca sabrá su abuela dónde está ni si existe.

Para ti, soy la rara, la introvertida, la hermética y la antisocial. Para mí, soy la mujer más feliz del mundo, viviendo su propia vida sin entrometerse en la de nadie ni permitir que lo vuelvan a hacer en la suya propia.

Para ti, soy una completa desconocida…

Permite que me presente; soy Julia Muñoz Atienza. Madre feliz e independiente que intenta darle a su hijo todo el tiempo y el amor del mundo que un niño merece, combinando cada segundo de mi vida con mi trabajo y mi vida familiar. Puede gustarte o no mi situación, puedes o no entenderla, puedes juzgarla según tus valores o tu precio pero, lo que nunca podrás hacer -por que jamás lo volveré a permitir- es decirme lo que yo debo hacer, decir o callar. Si me equivoco aprendo y si no, también.

¿Por una casualidad has leído a Mario Benedetti? Deberías hacerlo. De mi etapa en la biblioteca aprendí con él que «si de las cicatrices se aprende, de las caricias también» y, a no ser que lo que tú me ofrezcas sean caricias, mejor no te acerques a mí. Puedo estar loca ante tus ojos, por lo que dijo y diga mi madre, sea o no verdad. Puedes creerme loca por mi comportamiento extraño, porque tú no serías capaz de hacerlo. Pero, loca o cuerda, no volveré a caer en las redes de una sociedad que mucho dice, mucho aparente y poco hace.

No sé si todo lo que he pasado es karma, casualidad o destino, llámalo como prefieras, la etiqueta es lo que menos me importa. Lo único que importa para mí es lo que sentí y lo que siento y, esté o no «bien visto» se me ha dado la oportunidad de vivir.

Si te encuentras con mi madre y hablas con ella, dile que me ves muy bien o, mejor dicho, dile que no me has visto ni sabes nada de mi. Recuerda que tú no me conoces (crees conocerme), pero yo a ti sí.

Las segundas oportunidades existen cuando te das la oportunidad de crearlas y en ello estoy. En mi propia, nueva y añorada creación. Lejos de cualquiera que intente sabotear mi paz. No es lo correcto, tal vez, pero sí lo necesario. Yo soy la que dijo «basta ya» y créeme, aunque no es fácil llegar a ese primer escalón, una vez lo subes no quieres bajar más. Ya te atreves hasta a escalar montañas.

Que todo fluya y nada fluya.

Un abrazo, Julia.

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Sentimientos a flor de piel

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Manchas de tinta

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Nuestro gran enemigo desconocido

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.